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Equidad de genero
No hay argumentos razonables que legitimen una baja participación de las mujeres en el mundo del trabajo remunerado, sólo la persistencia de una cultura machista que las discrimina.

Una de las transformaciones más profundas que han experimentado las sociedades occidentales en el último siglo es la incorporación de la mujer a la vida pública. De hecho se dice que el siglo XX ha sido el siglo de las mujeres. El cambio es bien simple pero sus repercusiones son enormes y ha costado años de lucha. Es, en cierta medida, un cambio en los hechos: las mujeres se han incorporan al mundo de la educación, al del empleo, al de la política y la toma de decisiones (mucho menos). Pero como todavía queda mucho por hacer podemos decir que es fundamentalmente un cambio de mentalidad: hemos abandonado la idea de que nuestro destino "natural" es cuidar una familia para elaborar un proyecto de vida mucho más autónomo e independiente.

La reorganización del mundo del trabajo ha estado acompañada de la incorporación de nuevas tecnologías, lo que ha significado que la “fuerza” deja de ser un factor facilitador u obstaculizador respecto de la participación laboral. No hay argumentos razonables que legitimen una baja participación de las mujeres en el mundo del trabajo remunerado, sólo la persistencia de una cultura machista que las discrimina. En este sentido, uno de los grandes desafíos es la reivindicación del derecho al trabajo y la generación de las condiciones que permita a las mujeres experimentar este derecho en plenitud.

Lamentablemente el acceso de las mujeres al mundo de la producción no ha estado acompañado de una reorganización de las responsabilidades de la crianza y cuidado de personas dependientes y del hogar. Persiste el estereotipo de que las mujeres son a reproducción como los hombres a la producción. En lo concreto, las mujeres difícilmente pueden participar plenamente del mundo del trabajo, tampoco en aquellas instancias reivindicativas del goce pleno de este espacio.

Las cifras hablan por sí solas. El 13.9% de los/as trabajadores/as asalariados participa en organizaciones sindicales. Sólo 10,1% es la participación en el caso de las mujeres. Al incluir el sector público, el dato para 2008 era 15.1% hombres y 13.5% mujeres. La OIT destaca que las mujeres están subrepresentadas a nivel de dirigencia sindical y que las cláusulas de género incluidas en los convenios de negociación colectiva son escasas.

No es una sorpresa que el sindicalismo, por diversas razones – económico-estructurales y culturales entre otras – se constituye históricamente como un bastión del poder masculino. Ha sido y en términos generales sigue siendo un “espacio masculino”. Sus costumbres, modismos y acción giran alrededor del universo masculino.

La creciente presencia de la mujer en el mercado laboral y la lucha por mejorar sus condiciones laborales, ha sido el fundamento concreto sobre el cual articular la necesidad de una presencia femenina en los sindicatos. En general, el sindicalismo no ha sido muy favorable a incorporar una mirada femenina al mundo del trabajo y los asuntos gremiales. A decir de la OIT lo que ocurre es que, en general, esos son temas muy poco negociados para el conjunto de los trabajadores de ambos sexos. Tema altamente preocupante si pensamos que la incorporación de los temas de género a la negociación colectiva no sólo contribuye a promover el principio de la igualdad de oportunidades y la no discriminación. Es también una forma de fortalecer los procesos mismos de negociación y organización sindical. La consideración de las necesidades y los mal llamados “temas de mujeres” (cómo por ejemplo cómo conciliar de la mejor manera la vida laboral, familiar y personal) son un tema de interés de un gran sector de la fuerza de trabajo que se encuentra en una situación de desventaja, como son las mujeres. Esto contribuye claramente en el aumento de la representatividad y la legitimidad de los procesos de negociación colectiva (OIT, 2005).

En su congreso fundador (Marzo 2008), la Confederación Sindical de Trabajadores y Trabajadoras de Las Américas aprobó un Programa de Acción que incluía “el irrestricto respeto por la libertad de sindicalización/organización y negociación colectiva, como elementos indispensables de una democracia real y de la vigencia de los derechos básicos de los trabajadores”. Este párrafo implicaba, también, la apertura a un lineamiento específico denominado “Autoreforma Sindical”.

Uno de los objetivos principales de la Autoreforma es precisamente, democratizar la representación por género en el sindicalismo. El objetivo es trasformar la estructura sindical y permitir la participación de la mujer en todos los espacios de poder y decisión: órganos representativos, de dirección, capacitación y negociación colectiva. La pregunta es clara ¿Cómo establecer mecanismos de inclusión y participación efectiva en las estructuras de poder sindical si el objetivo es pensar un sindicalismo donde varones y mujeres participen en igualdad?

Para el diseño e instalación de estos mecanismos se requiere de organizaciones dispuestas a experimentar un proceso de democratización creciente en sus estructuras e instituciones; promover la participación de las mujeres en sindicatos y de los hombres en el cuidado de lo doméstico y personas dependientes.

El Rol de los Mecanismos de Igualdad es tremendamente importante para todos estos desafíos. Desde el mensaje que se emite: Las mujeres tienen el derecho a tener distintos proyectos de vida (trabajadora, hija, madre, compañera, política, etc.) y el Estado debe garantizar el ejercicio en plenitud de estos; hasta políticas públicas que promuevan y garanticen la participación social y política de las mujeres.

Los mecanismos gubernamentales a cargo de impulsar políticas de promoción de la participación de las mujeres en todas las esferas y de avanzar en la eliminación de barreras discriminatorias, tienen un rol crucial en estos desafíos; sin embargo en una sociedad como la nuestra no basta con ostentar un discurso que valora la participación de las mujeres en los espacios de decisión en la vida pública y política si en la práctica se carece de mecanismo y programas que lo promuevan sistemáticamente, toda vez, que en el orden de prioridades parece regir una visión esencialista de las mujeres madres, idealmente en hogares nucleares y heterosexuales, y, secundariamente su participación en el mundo del trabajo.

El reto por tanto es feroz, por ende el trabajo aliado entre las mujeres trabajadoras, movimiento feminista y de mujeres y sectores sensibilizados del mundo sindical es fundamental para el desafío inicialmente planteado: la reivindicación del derecho al trabajo y la generación de las condiciones que permita a las mujeres experimentar este derecho en plenitud.

Tatiana Hernández Comandini, Buenas Prácticas Laborales y Equidad de Género Corporación. DOMOS

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